25.8.25

Papá

Amanece sin tus ojos,
sin tu voz, tu carcajada;
¿cómo entenderán los otros
los relámpagos del alma?
No te extraño. Me enseñaste
que no existe soledad
contigo; leal, constante,
preciso, invicto. Esencial.
Y así envejecí. Me abrigas
contra el miedo, como entonces;
me proteges y me libras
de la sombra y de sus voces.
Aunque digan que no estás,
tú y yo sabemos, papá.

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