2.2.26

Prisioneros

Que no diga la boca lo del pecho,
que no declare el alma de la mano,
que se ignoren los rayos, que los truenos
no se escuchen jamás. Silencio, ¡vamos!
Que la patria no premie a los traidores,
que los canallas huyan de su sombra,
que el fuego no destruya el horizonte,
que no se den cuartel las amapolas.
Arriba el sol, abajo las mareas,
nosotros en el medio, prisioneros
de cada grano del reloj de arena,
solos y no; fallando en el intento.
Que nunca sepa el pecho de la boca
que dice, se desdice. Y se equivoca.

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