Somos la sed que el tiempo delimita
sin odio, sin piedad, indiferente;
nunca la noche faltará a la cita,
jamás el río volverá a la fuente.
Sin embargo, tenemos esperanza,
la obsesión de creer que no hay olvido,
la historia y el recuerdo y la venganza,
la urgencia de encontrarnos un sentido.
No somos nada, pero damos todo
con tanta devoción y tanta fe,
que aún con pies de barro, sobre el lodo,
buscamos las razones y el porqué.
¡Qué inútil la canción del ruiseñor,
qué bella su esperanza (y el amor)!
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