Templos sin luz. Los dioses olvidados
ni regalan perdones ni castigan,
por eso es tan sencillo visitarlos,
casi es como un domingo en la familia.
Cierto que ayer pidieron sacrificios
de miedo y sangre, que los sacerdotes,
con amenazas, piedras y cuchillos,
administraban la virtud del hombre.
Los dioses que nos rigen, con los años,
serán historia, anécdota, turismo,
paseo de escolares y relatos
de temores iguales (y distintos).
Lástima que en las guerras de la fe
ninguno se pregunte: ¿Para qué?
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25.2.24
¿Para qué?
15.2.24
Con otra luz
Hay un hombre en el campo de batalla,
puede ser cualquier guerra, da lo mismo;
sufre, está solo, herido, se desangra
y alrededor, por fin, se apaga el ruido.
Nunca supo por qué ni preguntó;
le hablaron de la patria y de la fe,
mató por eso de morir por Dios,
y fue, sin miedo ni entusiasmo, cruel.
Llegó a la tarde de esta tarde fría
sin comprender aún todo su hartazgo,
con otra luz, más pálida, distinta,
se vio, por fin, al borde del barranco.
¿Por qué —demanda al viento de la muerte—
te encontré, Libertad, para perderte?
puede ser cualquier guerra, da lo mismo;
sufre, está solo, herido, se desangra
y alrededor, por fin, se apaga el ruido.
Nunca supo por qué ni preguntó;
le hablaron de la patria y de la fe,
mató por eso de morir por Dios,
y fue, sin miedo ni entusiasmo, cruel.
Llegó a la tarde de esta tarde fría
sin comprender aún todo su hartazgo,
con otra luz, más pálida, distinta,
se vio, por fin, al borde del barranco.
¿Por qué —demanda al viento de la muerte—
te encontré, Libertad, para perderte?
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