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5.4.25

No te confundas

No te confundas, la sombra
lleva el ritmo, la constante;
la luz es solo un instante
que existe mientras se nombra.
La noche del universo
(barco al garete, perdido)
compone un ritmo perverso
que antes que música es ruido.
Marcha el infinito espacio
sin fe ni desasosiego,
tan veloz como despacio,
tan visionario y tan ciego.
Le son lo mismo una ortiga,
la humanidad y una hormiga.

23.11.23

Gente que camina (i)

Camina, Juan, en la avenida diaria
por donde van los ojos repetidos
de aquella multitud (simple, ordinaria)
que ignora (sin saberlo) voz y ruidos.
Los años se tragaron los «yo creo»,
los «a mí me parece», los alardes;
hicieron «está bien» de lo «qué feo»
y de valientes («con perdón»), cobardes.
Juan ha perdido luz, tiempo, ilusión,
amigos, inocencia, lealtad,
hoy piensa en jubilarse, la pensión
y «que me cubra, Dios, la sanidad».
Camina, Juan, consciente de que ha sido
su vida un simulacro sin sentido.

10.11.23

Solo después

Habrás de hundirte en túneles y abismos,
de transitar al filo de la espada,
de perseguir quimeras y espejismos,
de atravesar desiertos (para nada).
El vigor se deshace poco a poco,
más sal que azúcar, más dolor que pena
(«no sabía, perdón, si me equivoco...»).
Nadie, nunca, aprendió en cabeza ajena.
Después entenderás (ya será tarde),
sabrás dónde seguir (cuando no importe),
y te preguntarás si fue cobarde
pensar el sur (pero exiliarse al norte).
Comprenderás la vida y sus engaños
(solo después de malgastar tus años).

21.10.23

Lo mismo da

Visita la estación todos los días,
observa en un rincón, leyendo ausencias,
no revela tristezas ni alegrías,
medita —sin saber— las consecuencias.
No se entiende quién es, alumbra poco
la historia o la verdad de quien se calla.
¿Bizarro, pensador, cobarde, loco?
Lo mismo da perdida la batalla.
La serena mirada lo traiciona,
lo devuelve al color de algún recuerdo,
lo viste de ilusión, nombre, persona...
(viene el rencor; sin lágrimas, lo pierdo).
Él es todos los hombres: Un café.
La vida que pasó, como la fe.

1.6.20

Sueño prohibido

Nada importa quién soy, he renunciado
—sin demasiado esfuerzo— a la batalla
del orgullo. Futuro ni pasado
me conmueven, tampoco la medalla.
Dejé mi vanidad en las esquinas
de aquella juventud —a sangre y fuego—;
pues me enseñaron lágrimas y ruinas
más que la cima, la ocasión y el juego.
Me da curiosidad lo que me queda,
ni angustia ni ilusión —ya para qué—,
da vueltas en el aire la moneda
con probabilidades —no con fe—.
¡Gracias por tanto amor! Sueño prohibido
que adormece la pena y el olvido.